sábado, 29 de marzo de 2008

China, o por qué seremos todos tibetanos


“El sector estatal de la economía, es decir, el sector económico de propiedad socialista de todo el pueblo, es la fuerza rectora de la economía nacional”.
(Art. 70 Constitución de la República Popular China)




Últimamente una noticia me ha estado bombardeando y persiguiendo por todos lados. Si bien no soy un tipo que tenga por costumbre estar al día en las noticias internacionales, informándose ya sea a través de los noticieros locales o cadenas mal reputadas como CNN (de hecho, prácticamente no veo las noticias), no he podido evitar enfrentarme a las imágenes que circulan sobre la ocupación China en el Tíbet (la cual ya se extiende por cincuenta años) y las manifestaciones populares que provoca. Todo el mundo parece estar conectado con el asunto. Pero no todo el mundo se pregunta qué es lo que hay detrás de aquello, y menos aún, qué conclusiones podemos sacar del hecho.

Según me dicen las noticias, el control sobre el Tíbet se hace posible gracias a grandes proyectos de infraestructura e inversión comercial, acompañados por un proceso de colonización encausado por los chinos Han. De modo que el poder en la región, geopolíticamente relevante por su frontera con la India, reside en los Han, mientras que los tibetanos viven prácticamente recluidos en guetos urbanos, reclamando por su autonomía y por el regreso del Dalai Lama (exiliado en India desde 1959).

La pregunta que surge es acerca de qué tipo de relación existe entre esta ocupación territorial y la China de hoy. Pareciera que la apertura económica liberal emprendida por el Partido Comunista Chino –verdadera dinastía- no deja de tener un marcado aspecto nacionalista. Cuando Deng Xiaoping inició el proceso de apertura, se encargó paralelamente de eliminar todo espacio para la disidencia, enfatizando en un gobierno fuerte que no permita la emergencia de territorios que desafíen a la autoridad central. Así como la profesía marxista decía que el desarrollo de las fuerzas de producción llevaría al progreso social, sólo el Comité Central del Partido Comunista puede conducir el proceso de modernización. Cualquier manifestación de parte de los trabajadores o campesinos, cualquier muestra de malestar popular debe ser sofocada.

China inició su apertura al capitalismo en 1978. De ahí hasta la fecha el país ha venido creciendo a un promedio del 9% anual (nada más lejano a Chile, donde hace diez años que la economía ha tenido un crecimiento promedio inferior al 4% anual). El gobierno chino estima que en el año 2020 el producto nacional bruto (PNB) será cuatro veces más que el actual, mientras que el ingreso per cápita será tres veces superior. Las empresas internacionales están invirtiendo allí más que en cualquier otra parte del mundo, y en los últimos veinte años 250 millones de personas han superado la pobreza; además, se han adoptado medidas legales para garantizar la propiedad privada, lo que asegura mayor estabilidad jurídica al modelo. En síntesis, para el 2030 China será la mayor potencia del mundo (seguida por India y Estados Unidos). Lo curioso es que un 60% de PNB chino está en manos del sector privado, mientras que un 30% es controlado por el Estado y sólo un 10% es administrado colectivamente. A medida que el desarrollo se despliega frenéticamente, la brecha de la desigualdad entre ricos y pobres se amplía, crece el trabajo infantil, los horarios de trabajos caen en la franca explotación y el hacinamiento es cada vez más común entre los millones de trabajadores pobres sin posibilidad de reclamos salariales. En China no hay democracia, ni mucho menos libertad de prensa (todos los diarios son manejados por el Departamento de Propaganda del Partido Comunista).

China: ¿república popular o dictadura? Como lo ha sostenido Andrés Openheimer, la China comunista de hoy es un “capitalismo de Estado”. O sea que China es un país comunista. O sea que China es un país capitalista. ¿Cómo es eso? ¿Es que acaso se puede ser las dos cosas a la vez? Así pues, la emergencia del capitalismo en China (o del “socialismo de mercado”, como prefieren llamarlo) nos obliga a preguntarnos por la ligazón del capitalismo con las democracias liberales: ¿es la democracia política condición natural de la instalación y consolidación del capitalismo?

La China de hoy es ante todo un síntoma del capitalismo. En efecto, China no es una nación autoritaria que vendría a distorsionar el capitalismo puro, sino la evidencia contemporánea de su tradicional modo de desarrollo. De hecho, en los albores de la modernidad capitalista occidental los países europeos distaban de ser democráticos. Las condiciones para el capitalismo fueron creadas y sostenidas por una dictadura del Estado, legalizando expropiaciones y disciplinando lo que llegará a constituir la masa del proletariado. (Basta con leer al historiador Karl Polanyi para desmitificar el credo liberal del laissez-faire y el mercado autorregulado). Es eso lo que se repite -con diferencias históricas, por su puesto- en la China de hoy.

Cual síntoma, China es más que la repetición del pasado occidental: es el retorno de lo reprimido en su historia.

Los valores identificados con la democracia liberal (voto universal, libertad de pensamiento y de prensa, educación pública, abolición del trabajo infantil, etc.) no son productos naturales del capitalismo, como quieren hacernos creer las viejas cuicas de Libertad y Desarrollo o los señoritos bienintencionados del Centro de Estudios Públicos. Al contrario, son el resultado de una lucha continua de parte de las clases populares y medias durante todo el siglo XIX y comienzos del XX. Pareciera que la Revolución China finalmente tropezó con el cinismo conservador: si los países “en vías de desarrollo” son democratizados prematuramente, entonces advendrá en seguida la catástrofe económica y política. No es casualidad que países económicamente exitosos en términos del desarrollo vía apertura comercial (neoliberal) han logrado establecer una democracia sólo después de un período de gobierno autoritario o una dictadura dolorosa (Chile, por ejemplo… si es que acá se puede hablar de verdadera democracia). El uso autoritario del poder estatal asegura a largo plazo el control de los costos sociales y evita el caos (estabilidad institucional de la que tanto nos jactamos los chilenos). Quién se lo iba a imaginar: el “mix” capitalismo-comunismo resulta ser una ventaja para la avanzada China; China se ha desarrollado rápidamente gracias a su régimen autoritario.

Se tiende a pensar que el Maoísmo fracasó. Ironía de la historia: Mao Zedong creó las condiciones ideológicas para un rápido desarrollo capitalista. Carcajada de la historia: el marxismo como condición de posibilidad de la consolidación institucional del capitalismo.

Quizá no haya que hacerse ilusiones respecto a un posible modelo democrático chino al estilo occidental. O quizá los tibetanos logren finalmente adorar al Dalai Lama en su tierra. Sin embargo, el problema medular es otro y mucho más global. Como nos advierte Žižek, lo más preocupante de todo es que la China de hoy no es simplemente un resto del pasado occidental (una suerte de retorno de lo reprimido de su historia), sino el signo de nuestro futuro. No sea que para el 2030 seamos todos tibetanos.

Álvaro

miércoles, 5 de marzo de 2008

¿Por qué Babel se llama América Latina?


Ayer con Alicia vimos Babel, la última película de Alejandro González Iñárritu. Si bien el modo en que se resuelve el rompecabezas, el desarrollo del relato, y la forma en que se maneja el contraste estético entre las distintas escenas y lenguajes es técnicamente notable, lo que más me llamó la atención es la capacidad de González Iñárritu (o tal vez de su guionista Guillermo Arriaga) de dar cuenta del complejo entramado cultural de la sociedad contemporánea. Y ello haciendo uso de una metáfora bíblica peligrosamente escogida: Babel.

Con un reparto impresionante por su carácter transnacional (Brad Pitt, Cate Blanchett, Gael García, Elle Fanning, Koji Yakusho, Adriana Barraza, Rinko Kikushi, Harriet Walter) la idea es que nos veamos reflejados en cada uno de esos personajes, en la más mínima trivialidad de sus vidas y en el exceso de causalidad en la contingencia. El gran problema es que a Babel la metáfora le quedó grande. Sin embargo, la película en sí obliga a pensar. De hecho, Babel es un objeto cultural paradigmático, un producto ideológico del multiculturalismo liberal de Occidente (de la lógica cultural del capitalismo multinacional, en el decir de Žizek). Si bien en la historia del cine esto ya se hace evidente en las películas de Kusturica, González Iñárritu logra una mayor sutileza a partir del entrelazamiento (convergente) de historias paralelas y lenguajes (divergentes) distribuidos en localidades dispares: Estados Unidos, Marruecos, Japón y México. Digo que resulta ser un objeto cultural paradigmático, por cuanto denota un interesante fenómeno contemporáneo: una vez que se desintegra la unidad del Estado-Nación como principal referente de pertenencia cultural, la sociedad global posiciona el multiculturalismo como nuevo ideal.

En efecto, Babel es el reflejo del multiculturalismo en tanto diversidad de historias culturales, pero también como enjambre cotidiano de mediaciones comunicacionales; es el espejo de una globalización como proceso en que todos los tiempos se condensan y transcurren al unísono de la instantaneidad de la información y la comunicación; es el desenmascaramiento sintomático de las paradojas de la globalización cultural: integración mediática coexistiendo con fragmentación social, tribalización postmoderna junto a estandarización transnacional del consumo. Babel devela cómo el capitalismo global posmoderno convive con sociedades tercermundistas premodernas, cómo la integración mediante el consumo cultural coexiste con la pobreza.

Para los más sofisticados, Babel puede ser leída como un ícono del “logocentrismo” occidental: la identidad como ideología totalizadora que hoy en día se fragmenta y desterritorializa. Para mí lo más relevante es que la película de González Iñárritu me permite pensar en América Latina (aunque las escenas que transcurren en México sean las menos logradas de la película). Es más, creo que América Latina es la verdadera tierra de Babel. Tal como lo señala Martín Hopenhayn, desde un principio el latinoamericanismo se instala como esencialismo paradójico: América Latina como incesante pérdida de identidad, deuda pendiente con etnias sometidas, desidentidad sustancial.

Sin embargo, el problema es más complejo y apremiante que eso. Alicia conoce sus alcances, puesto que ha estado trabajando últimamente en el problema de la salud intercultural con comunidades pehuenches. Ella sabe que es fácil para los Estados latinoamericanos declararse multiétnicos, pero la realidad es que los indígenas continúan siendo mal pagados, permanecen sin recibir los beneficios de una buena educación o salud, siguen siendo los menos considerados por el sistema político, etc. Conjugar el descentramiento cultural con la igualdad social es tarea pendiente para los países latinoamericanos. Y ese es precisamente el problema estructural que la lógica cultural del capitalismo multinacional no permite visualizar en toda su magnitud: la referencia constante a una particular fórmula (multi)cultural resulta ser un espejismo que oculta el anonimato universal del proceso de reproducción del capital. Dicho de otro modo, la problemática tan en boga del multiculturalismo –que Babel vuelve a relevar- aparece sólo una vez que el capital transnacional comienza a instalarse como sistema mundial, siendo por ello necesario integrar tradiciones locales que no interrumpan el desarrollo de tal proceso.

Hay en la historia latinoamericana una tensión evidente: o políticas de reconocimiento cultural o políticas de igualdad social. Lo que parece una dicotomía inevitable debe ser resuelta considerando ante todo un hecho vergonzoso: América Latina es la región más desigual del mundo en distribución de la riqueza. Ante eso, cualquier promoción de la prioridad de la diferencia (multi)cultural es una estrategia ideológica para desconocer la urgencia redistributiva en términos materiales (necesidades básicas) y simbólicos (oportunidades sociales). Para resolver esta brecha entre integrados y excluidos se hace necesario –inevitablemente- repensar el modelo de desarrollo (o “patrón de acumulación”, para complacer a los marxistas) y debatir en torno a los procesos inherentes de exclusión socioeconómica que genera el nuevo capitalismo financiero multinacional. Pensar el modo de producción y su perversidad estructural, las formas de vida que genera junto con sus expresiones culturales debe conjugarse en un discurso vinculante, discurso que –por más que lo busquemos- no lo vamos a encontrar en una película hollywodense.

Ayer con Alicia vimos Babel, la última película de Alejandro González Iñárritu. En tanto película, objeto cultural paradigmático de nuestra época; en tanto metáfora, triste reflejo de la descentrada América Latina. Por favor, no más Babel para nuestra desigual e híbrida periferia latinoamericana.


Álvaro
(c.t.a.)