sábado, 29 de diciembre de 2007

Pasos ciegos


Con Alicia fuimos a ver una obra de teatro. Y no entendimos nada.


En el teatro tradicional, el actor se deja poseer por el espíritu de otro ser de ficción y mimetiza una acción. En el teatro de la crueldad, en cambio, el teatro no imita, sino que transfigura. El teatro tiene que ser el doble no de la realidad cotidiana y directa sino de la realidad que la sociedad prohibe. Así como el teatro occidental se erigió en el doble de la vida, la vida debe convertirse en el doble del teatro.


Artaud: “teatro de la crueldad” (lenguaje desnudo del teatro).
Artaud: negación de un teatro basado en la tiranía del texto (la palabra es sólo un gesto más entre todos).
Artaud: la puesta en escena “es” el teatro: límite de una crueldad que empieza por subvertir su propia representación.
Artaud: acabar con el concepto imitativo del arte, escupitajo en la mímesis: expulsión de Dios de la escena.
Artaud: acabar con la estética aristotélica en la que se ha llegado a reconocer la metafísica occidental del arte.
Artaud: representación visible contra la palabra que se sustrae de la vista.
Artaud: que el teatro deje de representar otro lenguaje.
Artaud: borrar todo tipo de repetición apostando por la diferencia (el teatro como repetición de lo que no se repite, como repetición de la diferencia).
Artaud: transgredir los límites ordinarios del arte y la palabra.
Artaud: recobrar el puesto entre el sueño y los acontecimientos (tal como lo describiera Freud: materialización visual y plástica de la palabra).
Artaud: superposición de imágenes y movimientos, por medio de colisiones de objeto, de silencios, gritos y ritmos.
Artaud: expresión renovada de los mitos en la vida moderna.
Artaud: aventura de un lenguaje sin léxico, glosolalia de las “palabras-valija” y sus invocaciones: carácter ritual (shamánico) de la palabra.


Con Alicia fuimos a ver una obra de teatro. Pasos ciegos se llamaba. Y no entendimos nada. Como en el encuentro con el huevo Humpty Dumpy a través del espejo:


- “Cuando yo uso una palabra –dice Humpty Dumpy- quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.
- La cuestión –insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
- La cuestión –zanjó Humpty Dumpy- es saber quién es el que manda…, eso es todo. (…) Algunas palabras tienen su genio… particularmente los verbos…, son los más creídos…, con los adjetivos se puede hacer lo que se quiera, pero no con los verbos…, sin embargo, ¡yo me las arreglo para tenerselas tiesas a todos ellos! (…) Cuando hago que una palabra trabaje tanto como esa siempre le doy una paga extraordinaria”.


Construcción delirante de un lenguaje nuevo. Eso nos faltó cuando fuimos con Alicia a dar unos Pasos ciegos: ser un par de huevones.

Álvaro

martes, 11 de septiembre de 2007

Tenemos un cataclismo adentro

“- En fin, vamos a ver: tu vida, ¿es una unidad para vos?

- No, no creo. Son pedazos, cosas que me fueron pasando.”

Rayuela. Julio Cortázar

Ya desde hace algunas décadas, la psiquiatría ha comenzado a tener vergüenza de la clínica pura, de la simple observación, de la mirada: una avalancha de justificaciones antropológicas debe enmarcar el examen y el diagnóstico psiquiátrico”.

Los fundamentos de la clínica. Paul Bercherie


11 de Septiembre. Fecha de golpes. A mí me tocó uno de esos instantáneos, como de cataclismo. Por la mañana, Clínica Psiquiátrica de la Universidad. Sorpresa: mi primera entrevista diagnóstica a un paciente (me pilla así no más, de sopetón…no hay tiempo ni para equilibrar el aliento). El paciente entra, lo saludo, se sienta, me mira…y yo me lanzo a las palabras. Así no más.

Actualizo en mi propia carne el régimen de la mirada, esa metáfora que obsesiona a la práctica clínica, esa que transparenta la relación que la estructura y que Foucault nos enseña.

Entre palabra y silencio: preguntas, respuestas, asociaciones, resistencias, conflictos, señalamientos, defensas…¡mirada!. Al final algo hay que sacar en limpio (como si todo ese ajetreo no fuera más que ensuciar la asepsia de la mirada). Puntúo: Mecanismo predominante: escisión.

Como si estuviera partido. Escisión. Como si fuera dos personalidades en un cuerpo. Escisión. Como si dijera sí y no. Escisión. Información caótica, contradictoria, falta de integración de identidad. Escisión.

Me pregunto: ¿tragedia intrínseca a la subjetividad?, ¿acefalía de la pulsión?, ¿desgarradura del deseo?...¿es que acaso somos una unidad? ¿qué es eso de la unidad, la personalidad?

Pero esa unidad, la suma de los actos que define una vida, parecía negarse a toda manifestación antes de que la vida misma se acabara como un mate lavado, es decir que sólo los demás, los biógrafos, verían la unidad, y eso realmente no tenía la menor importancia para Oliveira. El problema estaba en aprehender su unidad sin ser un héroe, sin ser un santo, sin ser un criminal, sin ser un campeón de box, sin ser un prohombre, sin ser un pastor. Aprehender la unidad en plena pluralidad, que la unidad fuera como el vórtice de un torbellino…”

Como si la unidad fuera el vórtice de un cataclismo.

Llego a mi casa. Lo primero: tomo un libro de Freud. Releo La escisión del yo en el proceso defensivo, un escrito de 1937 que tiene una actualidad asombrosa, infartante. Es como si Freud hubiera estado hoy en esa entrevista, como si la hubiera descrito, como si hubiera querido hacerme un favor explicándome lo que allí sucedía. Se lo agradezco.

En sus tiempos de estudiante (…) había comprobado con (primero) sorpresa y (después) ironía, que montones de tipos se instalaban confortablemente en una supuesta unidad de la persona que no pasaba de una unidad lingüística y un prematuro esclerosamiento del carácter. Esas gentes se montaban un sistema de principios jamás refrendados entrañablemente, y que no eran más que una cesión a la palabra, a la noción verbal de fuerzas, repulsas y atracciones avasalladoramente desalojadas y sustituidas por su correlato verbal”. (Se lo agradezco también a Cortázar, por contar mis tiempos de estudiante).

Que Freud me salve de esos montones de tipos. En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo…amén.

Indicaciones del psiquiatra-profesor: mucha infancia no es necesario. (Aquí nada de Edipo). En estos casos, es preferible explorar el pasado sólo muy generalmente.

Me resuena (como cataclismo) un poema de Huidobro, uno que anoté en la contratapa del primer libro de Lacan que calló en mis manos –y que cierta vez, en un gesto de no se qué de la transferencia, le recité a mi antigua psicoanalista. Me resuena Tenemos un cataclismo adentro:

“Nada recuerdo pero el sentimiento vive

Llevo en la carne los tiempos infantiles

Y los antes de los antes con sus ruidos confusos

Las épocas de los grandes principios

Y de las formaciones en fantasmagorías imprevisibles”

El paciente, como todos, lleva en la carne los tiempos infantiles. No recuerda, pero el sentimiento vive, lleva consigo la época de las formaciones en fantasmagorías. Es imprevisible.

El primer mandamiento de una entrevista diagnóstica es: no descompensarás, no desestructurarás –mira que el fantasma pudiera deshacerse. Anote: mucha infancia no es necesario.

Y otra vez el profesor: no todo paciente es psicoanalizable. Y como dice la sabiduría popular: no por mucho teorizar amanece más temprano. En práctica clínica la cosa es más rupestre. Limítese a entrevista estructural: comience por pedir al paciente un resumen de sus razones para venir a tratamiento, sus expectativas y la naturaleza de sus síntomas predominantes. Luego clarifique, confronte (hasta donde la prudencia lo indique), interprete y analice la transferencia y la característica de las relaciones objetales. Anote: conflicto, defensas, síntomas, estructura de personalidad. Y punto.

Anote: el diagnosticador debe explorar el mundo del paciente, observar la conducta e interacciones, usar sus propias reacciones afectivas hacia el paciente para clarificar la relación objetal subyacente. Y punto.

¿Y qué tengo yo por decir? Mmmm…así no más. Sólo un psiquiatra tan honesto como Paul Bercherie podía reconocer que las aporías del enfoque clínico serán realmente superadas cuando los analistas se hayan liberado del psiquiatra que dormita todavía en ellos.

Freud (y Lacan) me enseñó a ver los fenómenos psicopatológicos desde el ángulo de su significación subjetiva; me enseñó a considerar la observación clínica centrada sobre la morfología externa de los fenómenos como formal, estéril, alienante. Me enseñó por sobre todo no a mirar, sino a estar atento a la escucha.

Termina el tiempo de entrevista. Miro al paciente y escucho (lo escucho):

Y yo aun tengo palabras retenidas

Tengo cosas dolientes y cosas que susurran

Extendiendo la mano en un gesto de despedida afable -terminable e interminable-, miro fijo sus ojos: su singularidad desgarrada parecía susurrarme palabras retenidas, cosas dolientes; parecía decirme: “¿sabe usted? tenemos un cataclismo adentro”.

Aprendí. Claro que ni de Freud, ni de Lacan, ni mucho menos de un profesor, sino de esa mirada de cataclismo que me golpeó en este 11 de Septiembre.

Violación del hombre por la palabra, soberbia venganza del verbo. Así no más.

Álvaro

sábado, 25 de agosto de 2007

Del juego ideal, o para Alicia mi golpe de dados

“A Alicia le pareció que nunca había visto una cancha de croquet tan extraña: la cancha misma estaba surcada de lomitos y zanjas; erizos vivos hacían de bolas; los mazos eran flamencos vivos, y para formar aros los soldados tenían que doblarse y ponerse en cuatro patas. (…) Alicia pronto llegó a la conclusión de que se trataba realmente de un juego muy difícil”.

Alicia en el país de las maravillas

“Un golpe de dados nunca abolirá el azar”.

Stephàne Mallarmé

Querida Alicia:

Afirmar el juego ideal es afirmar el azar, hacer una gran tirada de dados: es una incitación al arrojo.

Los juegos tradicionales (los juegos seguros) son propios de los que aman las estructuras centradas, los que aman las distribuciones fijas, las reglas, las categorías. Eso a veces es propio de ti, Alicia. El juego ideal (el del país de las maravillas), en cambio, es propio de los que no aman las estructuras, sino los rizomas. Eso a veces es propio de mí.

Un juego ideal, decía Deleuze, es un juego donde no hay reglas preexistentes (cada jugada inventa su propia regla), el azar es afirmado, ramificado, insuflado en cada jugada; las jugadas son el momento de un jugar único –que es un caos- y nadie gana ni pierde.

El juego ideal es el juego reservado al artista, es lo que desterritorializa el mundo. El artista es un loco, ¿sabes?: ¡el mundo como obra de arte!. Sólo como fenómeno estético está justificada la existencia del universo, decía Nietzsche. Agreguemos: sólo como fenómeno lúdico está justificada la existencia de nuestras vidas. Eso va para ti, para mí, para nosotros y para ellos.

El hombre no sólo vive de pan, sino de comedias con las que se engaña voluntariamente. Eso me lo enseñó Bataille. Cuando era pendejo (y todavía), me las daba de hombre vivido y les decía a mis amigos: sólo dos cosas quiere el hombre de verdad: el peligro y el juego…la mujer es el más peligroso de los juegos. Eso me lo enseñó Nietzsche. Era como si quisiera enrostrarles nuestra condición inevitable de animal herido.

Querer es un juego seguro. Desear es un juego ideal. Gozar es un arrojo (todo de una sola vez)…como en un golpe de dados. Eso lo aprendí contigo Alicia, pero no me lo enseñaste tú.

En uno de sus poemas, Dieguito Maquieira le hace decir a Marlon Brando:

Prescindiré del alcohol, de las pastas

de los propensos excesos al desengaño

y de mis mujeres que me han crucificado.

…Apoyo a Brando. Pero no prescindiré ni de ti, querida Alicia, ni de tu continua incitación a jugar, ni de la afirmación del azar en una sola jugada.

Mi gran tirada de dados: jugar ni consuela ni hace feliz; jugar se arrastra lánguidamente como una perversión; jugar se repite sobre el teatro de nuestras comedias (y tragedias); jugar se echa de golpe fuera del cubilete de los dados. Y cuando el azar, el teatro y la perversión entran en resonancia, cuando el azar quiere que entre los tres haya esta resonancia, entonces jugar es un trance; y entonces vale la pena jugar.

¿Tú quieres?...


Álvaro

domingo, 24 de junio de 2007

Santiago, je ne t'aime pas (noche de exilio compartido)

“Vivimos en la ciudad más fea del mundo por culpa exclusiva de los arquitectos.
Pienso que si viniera un terremoto, afortunadamente ese sería el principio de búsqueda de un arreglo a todo esto”.

Luciano Kulczewski


Lloviznaba. Íbamos saliendo del metro en dirección al cine El Biógrafo. Caminando por el barrio que rodea al parque forestal, Ella, hace unos años estudiante de arquitectura, me hablaba de la “museificación” de los edificios y espacios públicos. Me decía que le encantaba el barrio Lastarria, ese barrio que nació por la nostalgia afrancesada de la aristocracia criolla. Lo curioso es que íbamos a ver Paris, je t’aime, que finalmente resultó ser una buena película. Salimos conformes. Luego fuimos a tomarnos una botella de vino en uno de esos locales semi-cuicos de Lastarria (de esa onda media “alternativa y cultural”, como ironiza Ella). Comentamos la película, los pasajes que nos habían gustado y desdoblado. Ella me contaba de su estadía en Europa, de su visita a París junto a algunas amigas. Yo le contaba de mi odio a Santiago, de mi estilo errante, que no pienso seguir el resto de mi vida aquí, que amo el Sur de Chile, que quiero largarme a Roma, París o Barcelona, todos ellos lugares que conozco sólo por películas o literatura…le contaba que quiero virarme a un lugar donde “pasen cosas”. Mientras los argentinos tienen Buenos Aires (y a las mujeres porteñas), nosotros tenemos Valparaíso (y a los “choros” del puerto)…pero ¿y Santiago qué? Santiago nada, compadre…aquí no hay nada.

Cuando ya nos retirábamos para tomar la micro hacia su casa, le dije a Ella que no podíamos irnos sin ver una maravilla que me tiene loco desde hace tiempo, una casa que yo había “museificado” desde que me tropecé con ella en una de mis tantas caminatas “rayuelescas” por el lado de allá (¿encontraría a la Maga?). En Santiago pocas obras arquitectónicas valen la pena, no hay sentido de lo bello, salvo por un arquitecto de exquisita delicadeza: Luciano Kulczewski, cuya obra se despliega fundamentalmente entre los años ’30 y ’40.

Hoy es un hecho lamentable que el paisaje no constituya un fondo sobre el cual pueda pensarse la integración y difusión del objeto arquitectónico. Lo que salta a la vista es una radical des-solación (falta de suelo) que coloca a tales objetos en no-lugares, no-paisajes. Las construcciones contemporáneas –y eso es deprimente en Santiago- no están conectadas a un lugar. El hombre contemporáneo ya no habita en la ciudad, es un apátrida al carecer de morada, de habitar. La experiencia metropolitana es una experiencia que se hace no desde el habitar, sino desde la deshabitación. La desolación es la raíz de la condición metropolitana: el hombre metropolitano es la experiencia de una ausencia. Y me incluyo.

Lo que me hiere es que tal condición viene a radicalizar la experiencia occidental de la existencia: la experiencia del exilio. La existencia lleva el peso de la insistencia del “estar fuera de”; la “ex-sistencia” (eso que con mucha cuática Heidegger llamaba “Dasein”) ya sólo es ese “ex”. El “ex” (del exilio, de la existencia) es el lugar de toda relación consigo mismo, es la propiedad de lo propio. Pero si lo propio es el exilio, podemos pensar esta relación de propiedad como “asilo”, de modo que el asilo es el exilio como propio. Pensar el exilio como asilo (ásylos) es pensar el lugar en donde no podemos ser expropiados: lugar del cuerpo, lugar del lenguaje, lugar del estar-con-otro. Pero el estar con otro sólo es posible bajo el abrigo del habitar. El habitar nos hace más llevadera la condición de exiliados; el habitar es el ásylos particular del estar con otro.

En esta puta ciudad de Santiago, se filtra en el campo arquitectónico una dificultad para articular el mundo de lo visual. Es como si la arquitectura se encontrara en la necesidad de construir sobre el aire, en el vacío, sin referencia absoluta. Sin embargo, este hecho no ha sido escandaloso (todavía…y quizás nunca), puesto que la experiencia estética no se encuentra en el centro del sistema de referencias, sino que más bien ocupa una posición periférica. La experiencia estética contemporánea no tiene nada de normativa: no se constituye como un sistema desde el cual sea posible deducir la organización de lo real. ¡Si hasta parece un mal chiste que cuando se habla de “creativos” se denota a los publicistas! Llega a ser asqueroso. Tal vez con Ella yo estaba evitando esa aproximación fragmentaria y periférica a lo estético. Su belleza resulta ser un escape que, paradójicamente, me tiene acorralado.

Ese tal Kulczewski le devuelve el aliento al verbo habitar. Pero Kulczewski no es Santiago, es otra parte que todavía hay que descubrir. Su arquitectura requiere de una lectura superpuesta de la realidad tectónica al ser un sistema entrecruzado de lenguajes. Es un rescate de la temporalidad del espacio, se produce un entrelazamiento de diversidad de tiempos. Este es un fenómeno que lo distingue de la arquitectura clásica y tradicional, en donde el tiempo está simplemente reducido a cero o a ser un tiempo controlado en su orden de expansión. El tiempo en la obra de Kulczewski es un tiempo-fractal, fracturado, desplazado, dentro del cual resulta complejo recurrir a un tiempo único para poder reconstruir la experiencia. Se asemeja al tiempo cubista y dadaísta. No es el tiempo del “Kronos” (tiempo del presente), sino el tiempo del “Aión” (o tiempo del azar ramificado). En la conceptualidad temporal de la arquitectura de Kulczewski se develan ciertos pliegues que conviven dentro de la obra misma: elementos escultóricos (gárgolas, figuras zoomorfas), de cerrajería (delicadeza en las rejas en forma de tela de araña, manillas, hasta la firma personal), ornamentales (jarrones y jardineras acoplados a la construcción, columnas pequeñas, curvatura de ventanas, ojiva neogótica) y los propiamente arquitectónicos (ruptura violenta de la simetría). Los pliegues del cuerpo arquitectónico de estas obras son el trazado de una multiplicidad que a veces no deja de ser laberíntica, en donde los materiales representan una textura, una musculatura, porosa, esponjosa. Materia-pliegue (como la morfología en la pintura de Hantaï), materia-tiempo (como el vértigo en la pintura de Matta): elasticidad de los cuerpos en su dilatación, punto de exilio (como la tensión capilar en la pintura de Bacon). Curvatura, inflexión (como en la pintura de Klee): el pliegue del espacio, la inflexión, es el lugar de una cosmogénesis descentrada…es la proyección de un ombligo: el ombligo es nuestro propio pliegue y punto de exilio (un secreto: me encanta el ombligo de Ella).

En Santiago –lo digo con tristeza- la arquitectura está infestada de sedentarismo. En cambio, un fenómeno original de la tarea creativa de Kulczewski es la condición esquizoide de la superficie arquitectónica que construye. No hay una organización de la realidad tectónica basada en una sucesión ordenada del tiempo; hay grietas, raspaduras, superficies y hendiduras que se dislocan en la experiencia espacial: heterotopía irónica. No universo arquitectónico, sino “multiverso” (del orden n-1). La noción de espacio como categoría propia de la arquitectura es una noción moderna. En Mies van der Rohe, Duchamp, Picasso, el espacio no se concibe como un dato inicial, un punto fijo, sino que, al contrario, surge de la proposición creativa. El espacio es algo espaciado, un “spatium”, un lugar donde se dislocan, se distorsionan, se descomponen, se deconstruyen y se desplazan las cosas. La arquitectura de Kulczewski es nómade y siempre en fuga: desterritorializa, hace delirar a la arquitectura. Kulczewski es Mallarmé topologizado. Por eso nunca abolirá el azar. Su arquitectura posee una composición rizomática, traza un plano de composición a-centrado en donde las figuras estéticas se ramifican por la superficie en todos los sentidos: es un “caosmos”. Pero lamentablemente Kulczewski no es Santiago.

El arte traza un plano de composición, traza un plano sobre el caos, se propone crear un finito que devuelva lo infinito…lucha con el caos para hacerlo sensible. Santiago simplemente se niega a esa sensibilidad. Por eso roguemos, todos juntos, por un terremoto. Santiago es puro desasosiego. En pocas palabras: Santiago es feo. Si hasta la canción de “Los prisioneros” hace sentido: ¿por qué no me voy del país? No lo sé, por lo menos la gente es buena onda. Pero la cosa es con Santiago. Santiago me irrita. Miro desde el balcón y no logro ver más allá de 200 metros. Y en estos días de lluvia, cuando es posible un mirar más despejado, sólo se ve una ciudad acéfala, carente de personalidad. Por suerte escapo la mirada hacia la cordillera. Está claro, soy uno de los tantos santiaguinos re jodidos. Santiago tiende a des-habitar, a des-singularizar, a la des-identidad de sus habitantes. Todavía recuerdo el asombro que me provocó ver caminando por Buenos Aires grandes carteles de publicidad que decían: “Actitud Bs” (¡actitud Buenos Aires!). ¿Alguien se imagina carteles diciendo “Actitud Santiago”? Sería la actitud del estrés, de la inseguridad social: la actitud de la carencia de actitud, justamente (como si sólo fuera una cuestión de actitud). ¿Es verdaderamente Santiago una ciudad? ¿O acaso es un pastiche de nostalgias por lo que nunca fue ni será?

En fin, después de la película yo estaba en condiciones de decir “Santiago, je ne t’aime pas”. Sin embargo, siempre hay espacio para que algo suceda. Y más aún si se está junto a Ella. Por un momento sentí que respiraba la ciudad y salía de su monotonía estupidizante. Viví mi pequeño terremoto. Luego me ví reconstruyendo todo a través de los ojos de Ella. Me sentí como en un cuento de Cortázar (claro que ni en Buenos Aires ni en París…pero sí frente a un Kulczewski). Me sentí como “Dos en la ciudad”, esa cancioncita de Fito que tiene algo de ese “qué se yo” que no cesa de recordarme a Ella (si hasta parecía resonar un bandoneón a lo Piazzolla).

Me sentí asilado en mi exilio: en el cuerpo de Ella, en el lenguaje de Ella, en el estar con Ella. Y allí Ella me abrió su boca como la libertad. Era de noche, las nubes grises sobre el barrio Lastarria, el aire frío y húmedo que un viento mal intencionado tiraba contra nuestras caras. Hay que reinventarse en el presente, pensé. Fuimos Ella y yo dos en la ciudad. Me quedé mirándola con los ojos llorosos como si empezara a reconocerla. Sólo faltó que Ella me preguntara si alguna vez fui tan feliz. No lo sé. Sólo rogaba para que ese día no terminara nunca. No quería parar esa noche de exilio compartido.

Al final de la película, una típica turista gringa, en una escena que representa el exilio mismo en su banalidad cotidiana, dice en un francés mal pronunciado: “me sentí sola…sentí una mezcla entre felicidad y tristeza...entonces me di cuenta que yo amaba París…y que París me amaba a mí”.

Al final de esa noche, después de haber estado junto a Ella más de 30 horas, después de esa hipnosis de miradas junto a un vino, después de ver un Kulczewski abrazándola, después de reinventarme junto a Ella, me sentí exiliado (fuera de mí), sentí una mezcla entre felicidad y tristeza…y entonces me di cuenta de que yo iba a enamorarme de Ella…y que quizás Ella se iba a enamorar de mí.


Álvaro

miércoles, 6 de junio de 2007

Réquiem, o el duelo y su sombra

Yo vuelvo el rostro hacia la pérdida. Escucha, en mí hace eco este Réquiem:

Mi ser melancólico añora el bien perdido. Y todo vuelve a la memoria nublado por el llanto, todo vuelve y rueda al vacío y un obscuro temor me queda como rastro y vierto el llanto sobre los despojos, el llanto del niño que lavará el desierto.”


Lo digo otra vez: yo vuelvo el rostro hacia la pérdida. Y sin embargo, no se me escapa la lucidez. Lo sé, cada vez que enfrentamos una pérdida se reviven los duelos del pasado. Lo más penoso de todo esto es que siempre que somos afectados por una pérdida queremos tomarle el peso a algo que nos aplasta: cuán responsables hemos sido de la pérdida.

Yo vuelvo el rostro hacia el duelo. Pero aún no aprendo a hacerme cargo, a sacudir blasfemias. Soy un pendejo perdido entre tantas fiebres. Por eso estuve leyendo al viejo Freud. Viejo maricón que me cagó la ingenuidad. Me veo obligado a reconocer que tanta estupidez me tiene acorralado. Me veo obligado a volver el rostro hacia el duelo y su plegaria infatigable: el duelo es la reacción frente a la pérdida de una persona amada. Por eso su plegaria tiende a coincidir con la melancolía, espacio que se quiebra en una herida.

La melancolía se singulariza en un suelo despoblado, en una suspensión del interés por el mundo, en la inhibición de toda productividad y en el derrumbe del sentimiento de sí que se deshace en autoflagelaciones: delirante expectativa de castigo. Cual azote repentino, se extiende la autocrítica al pasado: “nunca fue mejor”. Este es el mismo cuadro mal pintado del duelo. Hay una pérdida del interés por el horizonte en todo lo que no recuerde al muerto, fatiga respecto de cualquier clima que no reconduzca a la memoria del muerto. En la melancolía el objeto tal vez no está realmente muerto, pero se perdió como objeto de amor y nos hace un nudo en la garganta: incontestable. Y puede suceder que no comprendamos lo que hemos perdido, que todo esto sea una tumba abierta.

Rompe las ligaduras de este Réquiem:

Aquí me hallo tan solo, las manos terriblemente juntas, como culebras asidas y todo se agranda en torno mío. ¿Acaso he de huir? No es tiempo de huir, sino de leer los signos”.


En la queja del melancólico hay autocastigos, paradojas sangrantes que evidencian reproches contra un objeto de amor. Soy desmesurado: hay una profunda agresividad que debe ser canalizada de algún modo. Todo lo denigrante que el melancólico dice de sí mismo en el fondo lo dice de otro. La pérdida del objeto de amor, el baile sobre el sepulcro, es la ocasión privilegiada para que salga a la luz la ambivalencia de los vínculos. En la puta melancolía se enfrenta en el escenario del inconsciente el odio y el amor; el acontecimiento de pérdida arrastra un desengaño que envuelve al vínculo en una oposición entre amor y odio o endurece una ambivalencia preexistente. Mientras agoniza la voz, el conflicto de ambivalencia empuja al duelo a alcoholizarse en los autorreproches: uno mismo es culpable de la pérdida, uno la quiso. Este automartirio melancólico es gozoso, se acompaña de la satisfacción de tendencias sádicas que recaen sobre un objeto y se vuelven hacia uno mismo. Este sadismo revela el enigma de la inclinación al suicidio de los más valientes.

Quebranto físico, debilidad, inferioridad: la congoja ocupa un lugar privilegiado entre los temores. Insensato a medias. En el duelo, el mundo se ha hecho pobre y vacío; en la melancolía, eso le ocurre al “yo” mismo. Insensato todo. La melancolía es un duelo patológico. Su detalle más notable e incómodo es su tendencia a volverse una manía, donde el yo vence a la pérdida de objeto, al duelo por la pérdida, hasta al objeto mismo, y entonces queda disponible ese ardor que el sufrimiento dolido había atraído sobre sí.

Yo no tengo paciencia ni tampoco lenguaje preciso, pero tengo el grito naufragante. Mientras más inesperada es la pérdida, mayor será la reacción regresiva. Nos inundamos de angustia ya que no podemos ligar la pérdida a ningún significado…no hemos tenido tiempo, la palabra se escapa e ironiza. Mientras más inesperada la pérdida, más persecución, agresión y destrucción…más difícil se hace el duelo.

Yo vuelvo el rostro hacia los senderos de mi vértigo. En el duelo se produce una identificación del yo con el objeto resignado: la sombra del objeto cae sobre el yo, la pérdida del objeto deviene una pérdida del yo. Vértigo de sombra en sombra. ¡Cresta! Ese viejo maricón ya anunciaba la orquesta trágica: el yo es la historia de identificaciones con objetos perdidos; somos lo que hemos perdido en nuestra historia con los otros. Eterna mueca, incesante incorporación por vía de la devoración: simbólicamente nos comemos a los otros. Te comí, te como, te comeré: retención del objeto por vía de una psicosis alucinatoria de deseo.

Los vocablos se van quedando sin aliento. Hay algo de nosotros mismos que se va con el objeto perdido.

Escapa a este Réquiem:

Nosotros los hijos vamos entrando tan solos en la muerte y una nube nos envuelve y separa uno del otro y un madero seco se lleva la corriente”.


Así como en la borrachera alcohólica se cancela por vía tóxica la represión psíquica, en el melancólico hay una franqueza que se complace en el desnudamiento cruel de sí mismo: ya no hay vergüenza en presencia de los otros. Por eso resucito las botellas.

Yo vuelvo el rostro hacia el desierto de la muerte. Entonces lo reconozco: mi vida comienza con un duelo no vivido, es la historia de ese duelo eternamente desplazado. Mi vida es la historia de un vivir para siempre con el fantasma de un duelo no elaborado, es la historia de temores insuperables. He creado un gran personaje: el padre muerto. Quizá por eso la idea del parricidio me persigue con su acento de lejanía familiar.

El verdadero rezo no debe ser “Padre nuestro que estás en los cielos”, sino más bien “Padre muerto que estás en mis sueños”. Enterremos al padre que nos tiene saturados. El duelo es mi suelo y mi escalera personal; allí arrastro a todas mis imágenes.

En mí, pesimismo y escepticismo crónico y generalizado. Sentimiento de incomprensión. Pulsión de muerte. Mi amigo Altazor, voyageur de todos los espacios y todos los secretos, me dice siempre al oído: “La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer”. Sí, la vida entera es una caída irreconciliable.

Tengo excedentes de sentimientos que vienen de otros viajes. Para comprender de dónde proviene ese excedente emocional de amenaza destructiva que surge a raíz de la pérdida y que nos conduce a una ciega melancolía, debemos explorar el pasado, especialmente en la agónica relación con nuestros padres.

Escupe este Réquiem:

Yo soy, pues, yo mismo, jamás del todo crecido y tantos años confinado en esta tierra y contrito todo el tiempo, sujeto por los cabellos sobre el abismo como cualquier hijo de otros hijos, pero únicamente hijo de ti”.


- Mamá

- ¿Qué?

- ¿Puedo tener hijos?

- ¿……..?

- (Estalla el llanto)

La separación es un duelo, y son estos duelos y la elaboración que hagamos de ellos los que van a aparecer cuando perdamos a un ser querido. Si las separaciones vividas en el pasado no fueron valientemente elaboradas, con una alta ebullición agresiva no resuelta, el mismo cuadro tenderá a repetirse cuando lo reactivemos a raíz de un nuevo duelo. Se genera un escenario persecutorio que declara una conducta destructiva y la atracción del sepulcro.

Sufro de una forma de ansiedad que está amarrada al daño que he inflingido a otro: sufro de una culpa en la retina. A partir de esa melodía, la desaparición del ser querido ya no se siente como un robo, sino como el resultado del propio odio. Siento una responsabilidad íntima en la desaparición del otro, como si la desaparición fuera consecuencia de mi propia voracidad y posesividad. Por la reactivación de mis fantasías infantiles, experimento la desaparición del otro como ocasionada por mi propio odio y por el tallado de mis recuerdos. Sumido en la angustia y el dolor, afiebrado, trato de evitar el compromiso que significa reparar, huyo a relaciones que entierren ese dolor: anhelo sustancias excitantes o anestesiantes de la angustia…me emborracho…o me alieno en proyectos que me hagan sentir poderoso, invencible, pero por sobre todo, insensible. Soy omnipotente, mi frivolidad me dice que estoy a un paso de la megalomanía….y vomito.

Desangra este Réquiem:

“Si quiero rescatarme.

Si quiero iluminar esta tristeza.

(…)

tengo que excavar hondo

hasta mis huesos

tengo que excavar hondo en el pasado

(…)

Pero no sólo eso.

Tendré que excavar hondo en el futuro

Y buscar otra vez la verdad

Con mis manos que tendrán otras manos

Que tampoco serán ya las mismas

pues tendrán otras manos.”


Un duelo elaborado supone reconocer el odio y la persecución que me llevan a la destrucción y al daño; demanda reconocer que el otro que amo es el mismo al que acuchillo.

Olvida este Réquiem:

He de aprender a invocarte, a interpretar tus ecos. (Si no pude decir adiós es porque el adiós no existe entre nosotros)”.


Crucifijo indiscutible: nunca se obtendrá el perdón.

Arquitectura fúnebre del Réquiem:

Y heme aquí solo, como el pequeño huérfano de los naufragios anónimos”.




Infinita tristeza…

Álvaro

miércoles, 23 de mayo de 2007

Revolver el gallinero

Nos educaron para atrás padre

Bien preparados, sin imaginación

Y malos para la cama.

Nos metieron mucho Concilio de Trento

Mucho catecismo litúrgico

El Gallinero. Diego Maquieira.

Ayer desperté temprano (y sin caña…Dios me libre!) para escuchar junto a mi vieja el discurso presidencial de “la” Bachelet. Al final, y al observar a mi querida vieja, decidí adoptar la mirada escéptica propia de las madres. Después de todo, qué duda cabe, la mamita es la mamita y sabe lo que hace.
Lo que vimos ayer fue a una Bachelet pronunciando un discurso que buscaba aminorar los errores políticos de su administración a través de una serie de anuncios relativos al gasto público. La reafirmación de la red de protección social aparece nuevamente como pivote del gobierno ante tanta demanda oficialista (de “díscolos” como el señor Ominami que pedían coherencia política entre la agenda presidencial y la política fiscal). Sin duda, el anuncio más relevante fue el que nos comunicó acerca de la flexibilización de la regla fiscal de superávit estructural que implica una rebaja desde el 1% al 0,5% del PIB, lo que inyectará alrededor de US$ 750 millones extras al presupuesto. No deja de ser importante el hecho de que este anuncio se vio forzado por razones políticas y sociales, lo cual nos obliga a no olvidar –por suerte- que se gobierna en base a criterios políticos, no sólo técnico-económicos. De hecho el “gurú” de los economistas concertacionistas, Eduardo Engel, había declarado días antes que la meta de 1% de superávit estructural no se justifica en el contexto actual y que el uso de recursos es una decisión política (no técnica). Bien por Engel, Dios lo guarde en su Santo Reino.
Finalmente nuestro pintoso ministro de Hacienda cedió a abrir la billetera, pero –cómo no- bajo condiciones claras: inyección de dineros en educación y aumento de la inversión de las AFP en el exterior. Así, habría una inversión adicional en educación de US$ 650 millones, lo que implica que el presupuesto del próximo año superará los US$ 5.000 (8% del PIB). Asimismo, se establece un aumento del 15% de la subvención mínima para 3 millones de escolares y un aumento de la subvención para niños en mayor riesgo social. Un día antes el agudo Carlos Peña no se equivocaba al citar tangencialmente al viejo Marx: “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad”. Otro anuncio destacable en esta área corresponde a la discusión del proyecto de ley que crea la Superintendencia de Educación que fiscalizará los recursos públicos. Por cierto, las debilidades estructurales del gobierno –y sus “síntomas” manifiestos como crisis políticas- no desaparecerán con estos anuncios. La oposición, en su afán de “desalojar” a la Concertación, enfatizó que los problemas del gobierno son problemas de gestión. Es un hecho que el mero incremento de recursos no mejora por sí sola la gestión, es sólo un requisito; pero el problema de la Concertación –y de la política en general- no se reduce a un mero problema de gestión (si así fuera, algunos de mis mejores amigos se quedarían sin pega).
A propósito de esto, usando como excusa todo esto, quisiera decir algunas cosas respecto a educación (siempre desde la mirada escéptica propia de las madres…y de la mía por sobre todo). Y es que no quiero quedar fuera de moda, desfasado de lo que “la está llevando too el rato” como tema de opinión.

Es sabido que durante la década de los ‘80 en Chile se lleva a cabo un verdadero experimento educativo, el cual consistía fundamentalmente en la aplicación de los principios neoliberales básicos a las políticas educacionales. Ello se tradujo en un sistema generalizado de subsidios estatales portables (“vouchers”) para los alumnos del sistema escolar. Se trataría de una reforma administrativa basada en un nuevo modelo de gestión del sistema educativo (municipalización) que descentralizó el control formal de los servicios públicos. De este modo se generaría una competencia de mercado entre las instituciones escolares y habría un traspaso de recursos y atribuciones del Estado a lo privado. La consecuencia de ello es por todos conocida: pauperización del trabajo docente, disminución del gasto público en educación, inequidad en los resultados educativos. En suma, crisis de la educación pública. Los objetivos sociales e igualitarios de la educación se situaron en un segundo plano (las consideraciones económicas fueron más determinantes).
Durante la década de los ’90 el Estado intentaría promocionar políticas de equidad y calidad a partir de un aumento del gasto público en educación, pero sin perturbar mayoritariamente los sustentos esenciales del sistema escolar. El sistema de mercado educacional heredado del gobierno militar en Chile continuó influyendo en la política educacional a lo largo de los ‘90 más que en cualquier otro país en América Latina (ya me imagino a Milton Friedman cantando “…y verás como quieren en Chile, al amigo cuando es forastero”). El punto crítico es que todo ello conduce a una inequidad del sistema educativo en donde la calidad parece estar reservada para quien pueda pagarla y, al mismo tiempo, a una segmentación social de los establecimientos que generan una oferta educativa diferenciada para cada estrato de la sociedad.
Es la propia estructura del sistema educativo y su reduccionismo economicista lo que marca las limitaciones concretas del alcance de la reforma educativa. Por cierto, como lo hemos estado visualizando desde el año pasado, tratar de reestructurar el sistema de financiamiento escolar produciría una fractura en el equilibrio entre derecha e izquierda que formó parte implícita del acuerdo que restableció el orden democrático. Eso que Jocelyn-Holt llamó el “transar sin parar”. Es el mismo “modelo de gestión” del sistema educativo –que se impuso a los actores educativos en dictadura y democracia- el que hace muy difícil el éxito de las iniciativas de mejora. Por lo tanto, ni la calidad ni la equidad se han mejorado, se ha desmantelado la función de la escuela como institución de cohesión e integración social al generar establecimientos diferentes para cada sector social. En tal sentido, se hace necesario transformar los pilares del sistema: financiamiento del sistema y modelo de gestión. Una reciente publicación a cargo de J.J. Bruner y Carlos Peña parece abocarse al tema, sometiéndolo a la deliberación de la opinión pública (si es que existe tal cosa aquí en Chile).
Es por todos compartido que la educación ha de contribuir a compensar las desigualdades de origen social. Durante los ’90 se da una renovada confianza en el poder de la educación y en el desarrollo de los recursos humanos para el progreso de un país, lo que se materializó en la búsqueda de la calidad educativa a partir de la utilización con mayor eficiencia de los recursos públicos. La internacionalización de la economía y la creciente competencia entre los países condujo a recuperar la importancia de la formación como factor decisivo para el desarrollo y el progreso (a mi hermano le gusta llamar a esto “sociedad del conocimiento”). Las dificultades económicas condujeron a asociar el significado de la calidad con la mejor gestión de los recursos.
Es en este contexto que se constituyen tres ideologías fundamentales en educación, en tanto que conjunto de creencias que sostienen una visión sobre las funciones de la educación y sus relaciones con el conjunto de la sociedad: 1) Ideología liberal (incorporar al funcionamiento del sistema educativo las reglas del mercado); 2) Ideología igualitarista (necesidad de planificar y regular el sistema educativo a través de la intervención de los poderes públicos); 3) Ideología pluralista (rechazo de la extensión de las reglas del mercado a los bienes educativos, pero incorporando la autonomía y variedad de oferta educativa). El discurso de la Bachelet pareciera estar apuntando hacia este último orden ideológico. En Chile han coexistido dos políticas de reformas ideológicamente en conflicto: 1) los mercados educacionales con competencia y administración privada proporcionan eficiencia y rendimiento escolar; 2) el gobierno central debe intervenir en el sistema educacional para asegurar una mayor equidad. El problema fundamental reside en que la educación chilena está influenciada por una ideología que le da una importancia indebida a los mecanismos de mercado para mejorar la enseñanza. El problema no es de un cierto “modelo de gestión”… ¡es una cuestión ideológica!.
No hay que ser ciegos ante hechos irrefutables: los resultados de los alumnos están influidos por su nivel inicial, dependen de sus condiciones socioculturales y familiares. La evidencia muestra que los mejores resultados obtenidos por los establecimientos particulares subvencionados respecto de los municipales en SIMCE y PSU no tienen que ver con la calidad de la educación que imparten, sino con la capacidad que tienen para seleccionar sus alumnos. La variabilidad en los resultados escolares obtenidos por los alumnos depende en un porcentaje minoritario de lo que ocurre al interior de las escuelas (no más de un 30%), y en un porcentaje mayoritario de variables extra escolares como el origen socioeconómico, cultural y familiar de los niños (en un 70% y más). En este sentido, pruebas como el SIMCE no están dando cuenta realmente de la calidad de la educación, sino más bien del status sociocultural de los estudiantes, con lo que se fomenta la segmentación del sistema escolar. Ello parece haber sido comprendido por la presidenta en su discurso al referirse, por un lado, al fin del lucro en educación y, por otro, al fin de la selección: “¿Es propio de una ética integradora que con recursos públicos se excluya a parte de nuestros niños, especialmente a los más vulnerables?” (Bachelet). Ante esto no hay acuerdo entre derecha e izquierda. Hace unos días he quedado perplejo al escuchar a un Lavín defendiendo los intereses del Instituto Nacional (símbolo de la meritocracia chilena, de la clase media progresista…pero por sobre todo, mi querido colegio). Quién se lo iba a imaginar, la vida te da sorpresas.
Es un hecho que los países con mejores resultados en educación son aquellos que presentan menores índices de desigualdad social y mayores niveles de heterogeneidad sociocultural al interior de sus escuelas. Desde mediados del siglo pasado una de las ideas dominantes ha sido que la educación es un factor trascendente en la igualación tanto de oportunidades como de resultados económicos y sociales. Una igualdad en la distribución de educación en la población debería producir mayor distribución en la igualdad de ingresos; sin embargo, la distribución de recursos en los últimos veinte años fue más desigual. ¿Cómo se explica esto? La distribución de recursos no sólo depende de la inversión en el capital humano (años de educación). Puede suceder entonces que aun cuando la distribución de los años de educación en la población favorece la igualdad, la distribución de recursos puede continuar siendo más desigual. Dicho de otro modo, una estructura groseramente desigual en lo económico-social hace muy difícil usar una parte de aquella estructura (v.gr. el sistema educativo) para hacer la estructura más equitativa. No hay que perder la visión de totalidad (como lo hace la “política sin política”).
Por cierto, es importante que aquellos que he llamado anteriormente “neopositivistas políticos” entiendan que no se puede imponer a través de criterios técnicos las bases de cambio en los procesos educativos, dado que lo realmente importante para los objetivos de cambio son las aptitudes, la creatividad y la acción comprometida: crear capital social (“empoderamiento” para usar una parole démodé). Ojo, los profesores no son técnicos. El modelo de gestión debe ser capaz de comprender que la educación aparece como bisagra para compatibilizar grandes aspiraciones de la Modernidad (sí, con mayúscula): 1) producción de recursos humanos; 2) construcción de ciudadanos; 3) desarrollo de sujetos autónomos. Componentes instrumentales, políticos (¡ideológicos!) y éticos que marcan la educación para la vida moderna; componentes hoy en día organizados a partir de las funcionalidades respecto al sistema social occidental neoliberal. En este sentido, se debe enfatizar que el sistema educacional trata de cumplir dentro del sistema social tres funciones generales que responden a requerimientos de tres sistemas articuladores de la realidad social y a tres formas de alienación (¡ideológica!): 1) Tecno-económico (alienar en las necesidades de la economía y su lógica de acumulación del capital, legitimándola); 2) Socio-político (alienar en el orden social democrático, legitimándolo); 3) Cultural-ideológico (alienar en la herencia cultural, legitimándola). Quizás por deformación intelectual (mucha Escuela de Frankfurt hace mal), a mí me interesa acentuar por sobre todo este último registro ideológico.
El vínculo social representa un patrimonio de conocimientos y hábitos, de experiencias prácticas y disposiciones mentales que una sociedad acumula, reproduce y transforma a lo largo de generaciones: el “capital social” de un país. Se debe asumir que los procesos que se dan en el ámbito de la educación están en relación con el contexto social, político y económico como totalidad. Se debe asumir entonces el hecho de que las contradicciones, conflictos, malestares y síntomas propios del sistema social chileno forman parte constitutiva de su sistema educacional. El individuo autónomo y racional en tanto ideal de sujeto sigue siendo el fundamento de la democracia liberal y de la convivencia diaria. Sin embargo, el discurso prevaleciente sobre el individuo resulta abstracto. El énfasis en el individuo como unidad de la vida social no ha sido acompañado por una reflexión acerca del proceso real de individuación y “subjetivación”. Y tal proceso real acontece de manera fundamental en las instituciones educativas. Los problemas que se presentan en la sociedad chilena actual, y que en principio deberían verse reflejados en sus instituciones escolares y en su sistema educacional como un todo, tienen que ver con las dificultades de acoger y procesar la subjetividad, la cual no es una materia prima anterior a la vida social, sino una construcción cultural. Más que una crisis de la subjetividad, lo que hay hoy en día es una crisis de la subjetivación (me pregunto qué hubiera dicho Norbert Lechner desde su posición inclasificable de analista de la sociedad chilena).
Ya no se trata de la cultura modelada por la educación, sino de la educación interpelada desde la cultura por el dinamismo de las identidades en la convivencia, por el dinamismo de las subjetividades. Interpelada en tanto ideología. No se trata de racionalizar la educación sólo en función de criterios de eficacia. Hay que rescatar la experiencia práctica de quienes trabajan a diario en educación y conocen los problemas reales (lo que aquí en Chile no se ha visto). Hay que fortalecer la organización y la participación de los actores educativos, de la comunidad (la “revolución pingüina” lo hizo evidente). Hay que librar a la educación -y a la política toda- de la supuesta experticia de gestión y de los neopositivistas políticos. Hay que salvar a la subjetividad de la técnica.

Si algo he aprendido del escepticismo de mi vieja, es que hay que revolver el gallinero…

Álvaro

lunes, 30 de abril de 2007

De los gatos, o entre erotismo y seducción

“Misógino aprendiz de seductor que canta rock and roll para exigirle a las estrellas…”

Fito Páez y Joaquín Sabina. Delirium Tremens.


Vimos “Saló”, la película de Pasolini. O más bien intentamos verla. Si no la vimos fue porque algo quedaba como aquello que no cesa de no decirse. Para mí eso de lo no dicho eras tú; era “yo con tú”. Antes habíamos hablado de lo mucho que te gustan los gatos. Habíamos hablado de los gatos y de su estilo seductor. Yo te decía que lo seductor en los gatos era su ronroneo, ese estado puro de goce, esa indiferencia con los otros, ese carácter derechamente masturbatorio del seductor (como Don Giovanni en la ópera de Mozart: de mujer en mujer sólo para recibir la mirada en su goce masturbatorio). Cuando un gato camina es como si bailara tango. Quizás por eso te gusto, porque hay en mí una gestualidad propiamente teatral, como de tango, como de ronroneo.

No es tan fácil llegar a ser gato. Primero que todo, es necesario deshacerse de las ilusiones. Por ejemplo, deshacerse del amor. Te lo digo de una vez. El amor se sostiene en un engaño fundamental: tratamos de llenar, de saturar, la abertura del deseo del Otro, ofreciéndonos al Otro como objeto de su deseo. Así, la respuesta del amor es: “Yo soy lo que a ti te falta; con mi devoción a ti, con mi sacrificio por ti, te llenaré, te completaré”. Un gato no cree en eso. Pas du tout.

Te lo digo de otra forma. El amor es siempre una operación narcisista, una operación doble: el sujeto intenta llenar su propia falta ofreciéndose al otro como el objeto que llena la falta en el Otro. ¿Lo ves? El engaño del amor, la ilusión del amor, la falsedad del amor, es que esta superposición de dos faltas anula la falta como tal ofreciéndonos una completitud mutua. El amor ignora que no es más que el deseo de ser Uno (“hacer Uno con dos”). Por eso el amor es impotente.

Ahora te quedará más claro. El amor es una operación de desconocimiento, de desmentida de un hecho fundamental: el hecho de que el secreto del sexo es que “no hay relación sexual”, que la relación sexual es una imposibilidad en sí misma (gran secreto que guarda el psicoanálisis). El amor suple la ausencia de relación sexual. Entre copa y copa ya habíamos hablado de esto. En la relación sexual no hay relación con ese otro empírico, sino sólo con la fantasía que nos hacemos de ese otro. El hombre sólo puede relacionarse con la mujer en la medida en que ella entra en el marco de su fantasía. La imposibilidad de la relación sexual se oculta con la puesta en escena de la fantasía. Más allá de esa fantasía encontramos sólo pulsión –como decía Freud (por quien no pareces sentir mucho cariño), lo perverso polimorfo. “No hay relación sexual” quiere decir también que la sexualidad lo invade todo (y de eso sí que sabía el viejo Freud) justamente porque no puede encontrar satisfacción en sí misma, porque nunca alcanza su objetivo –y siempre desborda.

Por favor, fíjate bien. En el amor opera un malentendido infantil: se intenta tomar a cualquier otro por el objeto que daría satisfacción al goce formando Uno consigo -eso que Lacan llamó “objeto a”, objetivación de un vacío radical…lo real imposible. Si el “objeto a” es una metáfora de ti o de mí poco importa para un gato. Lo que importa es que el objeto de amor es siempre contingente, sólo viene a ocupar un espacio vacío (y que lo seguirá siendo eternamente). El objeto de amor es siempre un objeto metonímico, ese objeto que nunca está ahí, que siempre está situado en otra parte, que siempre es otra cosa. El deseo es siempre deseo de Otra cosa, de lo que falta, de lo perdido primordialmente. Pero claro, no queremos saber nada de eso, por ello inventamos el amor y creemos en él. El querer “hacer Uno con dos” es querer no saber nada de tal metonimia. Entonces, el amor funciona como un argumento imaginario que llena el vacío, la abertura del abismo del deseo. Creo que a ti te gusta esa palabrita: “deseo”, aquello que es a pesar de ti misma.

Pero no se entiende al amor si no se entiende al “fantasma” (soporte del deseo). A esta altura me preguntarás: ¿Cómo se convierte un objeto contingente en objeto de deseo? Yo te respondo: cuando hay algo en él que es más que él, mediante su ingreso en el marco del fantasma, en la escena de la fantasía que soporta el deseo del sujeto. Cuando alguien dice “te amo”, en realidad está diciendo: “yo te hago ingresar a mi fantasía fundamental”, “amo en ti eso que es más que tú”. Recuérdalo: en ti más que tú. El hombre sólo puede alcanzar a la mujer a través del fantasma. Pero ello equivale a poner a la mujer en la posición del objeto causa del deseo (“objeto a”) y no como objeto de goce. Otra vez: “no hay relación sexual”. Lo repito de otra forma: cuando un hombre intenta alcanzar sexualmente a una mujer sólo se encuentra con ese “objeto a”. Te habrás dado cuenta que caemos entonces en el problema de la realización del deseo: cuando encontramos en la realidad un objeto que tiene todas las propiedades del objeto fantaseado del deseo, necesariamente quedamos a pesar de todo algo decepcionados, se nos hace evidente que el objeto encontrado finalmente no es la referencia auténtica del deseo (decimos: “ah, puta, esto no es”).

Déjame ser un poco ridículo y citar a Lacan: “AMAR ES DAR LO QUE NO SE TIENE A ALGUIEN QUE NO LO QUIERE”. Permíteme ahora una sentencia estúpida: el amor es pura ideología. Sentencia funesta, qué le vamos a hacer.

Cuando vimos “Saló” yo te hablé del Marqués de Sade. La importancia de Sade es que por primera vez hizo ver a la sexualidad como fenómeno político (y con ello Sade se adelantó dos siglos a Foucault). Dolmancé, uno de los personajes más notables de la literatura sadeana, es el perfecto transgresor de la ideología del amor, es un político radical, todo un revolucionario –el perverso siempre lo es.

Pero volvamos a los gatos. Volvamos a la seducción. El otro día leías a Baudrillard (Q.E.P.D) y te acordabas de mí. Él hablaba de la seducción como “crimen originario”. Es como si Baudrillar hubiera escuchado a Gustavo Cerati, o al revés. Pero yo no creo que los gatos sean unos criminales, pero sí que son difíciles de tratar. Ya te decía que cuando un gato camina es como si bailara tango, se te puede escapar en un leve movimiento de cola. Y en eso reside precisamente parte de su carácter seductor. La seducción es del orden del artificio; trabajo del cuerpo a través del artificio. Es del orden de lo ritual.

El ronroneo del gato es un juego libidinal de indiferencia con los otros, puro goce masturbatorio. Allí reside el carácter subversivo de la seducción, en la irreconciliación con el otro, en la afirmación de la extrañeza de lo otro. La seducción tiende siempre a descentrar respecto a la identidad: es la insistencia de la alteridad radical. Cuando vimos “Saló”, yo estaba completamente descentrado (y no sólo por el vino).

Ojos que aprendan a mirar. Seducción viene de Se-ducere: llevar aparte, desviar de su vía…estrategia de desplazamiento. Producir viene de Pro-ducere: poner las cosas en la obscenidad de la mirada. La seducción no es producción. La seducción saca las cosas del orden de lo visible. Es mantener latente el secreto. La producción es siempre pornográfica: por ejemplo, hace del sexo algo más real que lo real: voyeurismo de la representación (ni siquiera el psicoanálisis escapa a eso). Hay una disolución de las cosas en la transparencia de la mirada; la obscenidad del porno consume su objeto. Fin del secreto. Ya te habrás dado cuenta de que vivimos en una verdadera cultura porno: todo tiene valor de uso, todo es puesto en escena. La era de la producción es también la era del fin de la seducción. Nuestra cultura es la cultura de la eyaculación precoz.

Labios que quemen. La seducción no niega el deseo, se limita a ponerlo en juego, y sólo puede hacerlo en la medida en que es femenina. En su caminar, el gato es femenino. Lo femenino siempre está en otra parte, seduce porque nunca está donde se piensa. Nunca sabemos en realidad lo que quiere decir una mujer (dice “No” cuando quiere decir “Sí”). Tú lo sabes mejor que yo. La mujer es lo femenino como apariencia. La mujer es mascarada, travestismo: todo es maquillaje, teatro…seducción. Simulacro. La seducción sustrae al discurso de su sentido. Por eso hay un miedo a ser seducido. Pero no nos engañemos, para seducir es preciso haber sido antes seducido. En ese juego de uno con el otro se quiebra la lógica del sujeto/objeto. Es un remolino del que no se sale ileso.

Lluvia de semen. ¿Pero cuándo transgredimos los límites de la inmanencia de la seducción para entrar en otro juego? ¿Cuándo entramos en el orden del erotismo? Decía Bataille que “el erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte”: disolución de la discontinuidad, pasión por lo imposible. Transgresión que pasa siempre por la mirada, por el ojo. El terreno del erotismo es el terreno de la violencia (del potlach y de su resto, la “parte maldita”). Eso es precisamente Sade: el límite sólo se da para ser excedido. Eso es “Saló”. Allí, la belleza es deseada sólo para ensuciarla. ¿Por qué nos gustan las mujeres bellas? Porque deseamos profanar su belleza. La fealdad no puede ser profanada. De ahí la fantasía sadeana fundamental: la fantasía de un otro, del cuerpo de la víctima, que puede torturarse indefinidamente y mágicamente retener su belleza.

Por eso el erotismo desnuda (es como dar la muerte a través de un ritual orgiástico). Al contrario, la seducción pone un velo, es permanecer en la inmanencia del deseo (deseo como deseo de deseo; lo que deseamos es el hecho mismo de desear). Por eso el amor es ignorancia del deseo. Y por eso la seducción no tiene nada que ver con el placer.

Todo esto no deja de ser perverso. Es como “Saló”. En la perversión, la sexualidad se transforma en un objeto directo de nuestro discurso, pero el precio que pagamos por ello es la desexualización de nuestra actitud hacia la sexualidad: la sexualidad adviene un objeto desexualizado entre otros. Con ello, lo que se pierde es la posibilidad de una aproximación a la sexualidad que sea sexualizada. ¿Es posible hablar sexualmente del sexo?. Lo siento, pero no dejo de contradecirme.

Cuando un gato camina es como si bailara tango. Misógino aprendiz de seductor, de la gestualidad de gato, del tango, del ronroneo. Puro delirium tremens. Y es que la sexualidad, el erotismo y la seducción están siempre más allá o más acá…ahí donde ahora estás tú, o lo que es “en ti más que tú”.

Álvaro

domingo, 1 de abril de 2007

Un mail desde Corea del Sur (25/03/07)

Acabo de llegar de Seoul, la capital de Corea del Sur. Es una ciudad muy grande. Moverse de un lugar a otro en Metro tomaba como 1,5 horas porque las distancias son enormes. Hay una inmensidad de líneas, millones de conexiones. Hay que andar con un mapa para entenderlas. Nos fuimos en el tren bala de Daejeon a Seoul, se demoró 49 minutos andando a más de 200 Km por hora. No se siente la velocidad. Seoul es una ciudad que en su zona central tiene 15 millones de habitantes (todo Chile, así de simple), y si consideramos todo el Gran Seoul, son 27 millones. Increíble, ¿no?...
Cuando llegamos dejamos nuestras cosas en los lockets de una estación de Metro, y tomamos un taxi para llegar al estadio de fútbol. Es un estadio nuevo, muy lindo, construido para el mundial Korea-Japan del 2002. Cuando llegamos había una persona Coreana especialmente esperándonos, pues nosotros íbamos de parte de la embajada de Chile en Corea. Nos hicieron pasar por donde salen los jugadores a la cancha y nos sentaron en la zona VIP. Nos encontramos con otros Chilenos (4 + un Coreano-Chileno que vivió 15 años en Chile, se casó con una chilena y tuvo un restaurant en Patronato). Nos juntamos con los Chilenos que estaban al lado de los asientos VIP y nos pasamos con ellos para gritar juntos.
Cantamos dale Chile, vamos Chile, Chi chi chi lelele, etc. Éramos una barra chica pero bulliciosa. Celebramos los goles y movíamos la bandera. Ganamos ese partido con Polonia. Al final del partido los jugadores nos tiraron una camiseta, que recibió uno de los chilenos que encontramos allá. Después los organizadores nos dejaron pasar a los camarines y estuvimos con los jugadores, nos abrazaron y nos agradecieron que los apoyáramos en un lugar tan lejano. Fue súper fraternal y conversamos harto con los entrenadores y los DT. Nos pidieron que los siguiéramos apoyando y que si teníamos contacto con chilenos en Tokio (Japón), les avisáramos que la selección llega allá el miércoles. Gonzalo envió un mail al Seba que conoce a varios chilenos que están en Tokio para armar una barra. Después nos fuimos a la casa de una chilena que estudia en la Universidad de Seoul y nos comimos unos panes con pollo frito y nos tomamos una botella de vino.

El sábado fue un día de lluvia intermitente en Seoul, pero salimos a recorrer. Terminé con los pies y piernas en las manos de tanto caminar y conocer. Fuimos a la ex-cárcel de prisioneros coreanos que tenían los japoneses, cuando éstos invadieron Corea y la mantuvieron dominada desde 1910 hasta 1945, fecha en la cual Japón fue derrotado por los aliados en la Segunda Mundial despu'es de tirarles las dos bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Aprendí mucho de ese período de la historia de Corea. La cárcel es un museo muy bien pensado. Conocí imágenes, fotos, recreaciones, las celdas donde estaban los prisioneros, los tribunales internos, las salas de tortura, etc. Ambientan todo de manera muy real, y son muy crudos para mostrar todo tal cual fue, con imágenes con muñecos muy reales aplicando distintos tipos de torturas muy brutales. Si eso fue verdad, los japoneses fueron muy brutales. No por nada después de la segunda guerra mundial a Japón le obligaron a eliminar su ejército, pues fueron mucho más crueles que los Alemanes en algunos aspectos. Ahora Corea del Norte le está dando una excusa a Japón para refundar su ejército.

Al museo pueden pasar niños y adultos, y a los niños les permiten ver todo eso y se lo muestran tal cual, y explícitamente les dicen que es para que no se pierda la memoria de tus antepasados patriotas que lucharon por la independencia de la dominación Japonesa. Aquí todo eso está muy vivo en los Coreanos. Es un pueblo que ha sufrido guerras injustas e invasiones, pues su ubicación como península es estratégica en el área. Los Japoneses querían usar la Península como plataforma para seguir con China. Por otros lados también tuvieron pueblos dominados mucho tiempo. Imagínense, Japón es una isla, pero tenía ese nivel de ambición expansionista…puede que sea por lo mismo, es decir, ser isla.

Estuve dentro de las celdas, me senté en el suelo y cerré los ojos. Traté de respirar la historia. Me metí dentro de unos cajones verticales en que apenas cabía, donde a los prisioneros los tenían varios días encerrados. Debió haber sido espeluznante estar así, con los huesos prácticamente doblados. También ví las cámaras de tortura y las recreaciones con muñecos: latigazos, estiramientos del cuerpo, descargas eléctricas, abusos sexuales a las mujeres, clavos en la piel, filos entremedio de las uñas, cuerpos colgados de cabeza con agua hirviendo entrándoles en las narices y la boca, ahogamientos en el agua. Ví los sistemas de ahorcamiento (incluso me senté en una silla frente a un tribunal japonés simulado, y pude sentir como se abría el piso unos centímetros cuando los ahorcaban), entre otras muchas cosas. Sentí la humedad y el frío de los viejos pasillos con las celdas (que ni siquiera tenían baño). Fue muy interesante conocer ese sitio histórico con demostraciones tan reales. Los niños van a ahí a hacer sus tareas de historia...creo que es una manera de aprender historia.
Todo esto también pasó en Chile con Pinochet, pero nuestro pueblo parece ser un poco hipócrita pues no se atreve a mostrar esto para que exista memoria y con ello historia. Ojalá en el futuro reconozcamos nuestra brutal realidad también.
Quizás por todas estas razones este es un pueblo que trabaja incansablemente (bueno también porque tienen raíces confucionistas y budistas). Los niños de enseñanza media van a la escuela desde las 7.30 AM hasta las 10.30 PM. Es verdad, yo sé que no me creen pero es así. Pero es peor aún, incluso van los domingos. Ahora entiendo por qué está institucionalizado acá en el laboratorio donde trabajo quedarse hasta la madrugada...es porque para ellos es normal, y después en sus trabajos seguirá siendo así. Si los coreanos además de honrados, cívicos y trabajadores fueran líderes, serían un pueblo muy fuerte en el planeta. Yo creo que eso es algo que les falta, pues son tímidos. Este país luego de abrir su economía se demoró sólo 16 años en ser desarrollado. Increíble.
La vieja Europa tiene sus días contados. Con ese sistema de trabajo en que la jornada laboral es cortísima, con un sistema de protección social que consume todo, con una población viejísima que no se renueva y con la pérdida de competitividad en la ciencia y la tecnología, yo creo que no va a ser capaz de seguir el ritmo de estos países asiáticos, pues hoy la economía es global, y Europa puede que quede atrás. Estados Unidos de a poco irá perdiendo su liderazgo. China crece al 10% anual desde hace 15 años, tiene una población enorme, está obligando a todo el mundo a aprender su idioma, tiene una mano de obra baratísima, cada vez se vuelve más competitiva en todo, está armando un ejército poderoso. A ese ritmo USA no la va a alcanzar. Siento que Latinoamérica está más que condenada, y me duele mucho pues el futuro no lo veo muy promisorio para varios hermanos latinos. Tal vez Chile puede ser la excepción, pero lamentablemente como país exportador de materias primas (China con gusto nos va a comprar todo el cobre y alimentos para su población.). Varios nichos en los cuales debimos habernos metido ya están copados con los Chinos. En tecnología estamos años luz atrás para formar capital humano, no fuimos lo suficientemente rápidos para innovar y partir nosotros primero. La región está bastante inestable, no todas las economías se abren, algunos países son espanta capitales y somos mandados a hacer para destruir y volver a construir. Ya no somos mano de obra tan barata como se piensa, pues India, otro líder en el futuro junto con China, es más barata que nosotros, y más calificada. Europa del Este, la nueva Europa, esos países que surgieron y se consolidaron con el desmembramiento de las Repúblicas Socialistas Soviéticas están ganando más y más competitividad. Me refiero a Polonia, República Checa, Hungría, Rumania, Eslovaquia y varios otros. Además tienen la estabilidad que les da el pertenecer (algunos) a la comunidad Europea. Por ejemplo, un chileno en esos países con lo que gana en Chile de más vive, pues la mano de obra es casi más barata que en Chile...y más calificada. Son pueblos cultos que como ahora abrieron sus economías después de la época comunista, están lo suficientemente calificados para hacer mejor las cosas. Hace tiempo han venido invirtiendo fuerte en educación, principalmente de ingenierías, ciencia y tecnología. Ahora son los que captan todos los capitales de las inversiones de los países fuertes de Europa Central y del Norte como Alemania y Francia. A ello se suma que los costos de transporte son menores pues están al lado. Estos países nos quitaron prosperidad, pues simplemente captaron los capitales que nos podrían haber correspondido y lo seguirán haciendo. Siempre se habla que Chile siga modelos de países como Irlanda, Finlandia, Nueva Zelandia, etc., pero no hacemos nada serio. De todos modos nuestra realidad es distinta, pues Irlanda tuvo apoyo de la Comunidad Europea, y tenía otra ventaja, habla inglés. Nosotros recién ahora estamos empezando a enseñarles a las nuevas generaciones inglés, pero deberíamos enseñarles también Chino, eso es por lo mínimo si realmente queremos prosperar. Yo estoy claro que ese es el siguiente idioma que tendré que aprender, porque quiéralo o no, tendré que tratar con los Chinos en el futuro por ABC motivos relacionados con el país. No es muy grato relacionarse con ellos, pero esa es la realidad.
Todo esto me hace reflexionar, qué ser en el concierto mundial, cómo plantearse si queremos ser lo que decimos que queremos ser (un país desarrollado), pues eso si los señores políticos no se han dado cuenta o no han tenido la gentileza de confesarlo al pueblo, significa hipotecar vida, hipotecar sensaciones, hipotecar costumbres, cuotas de felicidad, etc., pues el trabajo no siempre nos ha venido bien, y dada las cosas, eso es necesario para empezar a conversar. Bueno, reflexioné caleta después de la cárcel como han podido ver...en la cárcel hay tiempo para eso, jajaja.
Después del museo fui a la plaza de la Independencia, y estuve en la pagoda donde se declaró. Ví unas construcciones de la época real, que eran del año 1400 aprox. Pasamos a almorzar por ahí y luego fui a un paseo donde venden artesanía y arte Coreano; hay cosas hermosas y muy originales para nosotros. Entré a un templo budista y estuve un rato adentro relajándome. Es uno de los pocos templos que no está en una montaña y al lado de un río.

Después siguió en largo tour en el Metro para el regreso. En la noche comimos unos panes con pollo frito de nuevo y unas cervezas. Compramos unas papas fritas y sintonizamos a través de Internet un canal Chino que estaba transmitiendo el partido de la selección chilena contra Brasil en Suecia (en Göteborg). Lamentablemente como sabrán perdimos 4 a cero...yo me quedé dormido después del penal, jajaja.

Hoy domingo fuimos de nuevo al estadio a ver Chile-Gambia; ganamos dos uno. Estuve con el embajador y el Cónsul de Chile. En el entretiempo nos invitaron a pasar al salón VIP, donde tomamos café, conversamos y comimos cosas ricas que colocan para los diplomáticos...y todo gratis, jajaja. Al final el embajador nos invitó a pasar con él a la cancha y saludamos a los jugadores por su triunfo.

La selección sub 20 ganó dos cero a Polonia y dos uno a Gambia, así que es favorito. Va a disputar la final del campeonato con el equipo de Corea este martes (yo no puedo ir). Estuvo emocionante. Canté la canción nacional y grité por Chile...

Llegué hace poco y me vine al laboratorio a trabajar pues tengo muchas muchas cosas que hacer esta semana....

Les deseo una muy buena semana y que estén muy bien…los echo de menos, los quiero mucho…

Besos y abrazos,

Ángel