sábado, 29 de diciembre de 2007

Pasos ciegos


Con Alicia fuimos a ver una obra de teatro. Y no entendimos nada.


En el teatro tradicional, el actor se deja poseer por el espíritu de otro ser de ficción y mimetiza una acción. En el teatro de la crueldad, en cambio, el teatro no imita, sino que transfigura. El teatro tiene que ser el doble no de la realidad cotidiana y directa sino de la realidad que la sociedad prohibe. Así como el teatro occidental se erigió en el doble de la vida, la vida debe convertirse en el doble del teatro.


Artaud: “teatro de la crueldad” (lenguaje desnudo del teatro).
Artaud: negación de un teatro basado en la tiranía del texto (la palabra es sólo un gesto más entre todos).
Artaud: la puesta en escena “es” el teatro: límite de una crueldad que empieza por subvertir su propia representación.
Artaud: acabar con el concepto imitativo del arte, escupitajo en la mímesis: expulsión de Dios de la escena.
Artaud: acabar con la estética aristotélica en la que se ha llegado a reconocer la metafísica occidental del arte.
Artaud: representación visible contra la palabra que se sustrae de la vista.
Artaud: que el teatro deje de representar otro lenguaje.
Artaud: borrar todo tipo de repetición apostando por la diferencia (el teatro como repetición de lo que no se repite, como repetición de la diferencia).
Artaud: transgredir los límites ordinarios del arte y la palabra.
Artaud: recobrar el puesto entre el sueño y los acontecimientos (tal como lo describiera Freud: materialización visual y plástica de la palabra).
Artaud: superposición de imágenes y movimientos, por medio de colisiones de objeto, de silencios, gritos y ritmos.
Artaud: expresión renovada de los mitos en la vida moderna.
Artaud: aventura de un lenguaje sin léxico, glosolalia de las “palabras-valija” y sus invocaciones: carácter ritual (shamánico) de la palabra.


Con Alicia fuimos a ver una obra de teatro. Pasos ciegos se llamaba. Y no entendimos nada. Como en el encuentro con el huevo Humpty Dumpy a través del espejo:


- “Cuando yo uso una palabra –dice Humpty Dumpy- quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.
- La cuestión –insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
- La cuestión –zanjó Humpty Dumpy- es saber quién es el que manda…, eso es todo. (…) Algunas palabras tienen su genio… particularmente los verbos…, son los más creídos…, con los adjetivos se puede hacer lo que se quiera, pero no con los verbos…, sin embargo, ¡yo me las arreglo para tenerselas tiesas a todos ellos! (…) Cuando hago que una palabra trabaje tanto como esa siempre le doy una paga extraordinaria”.


Construcción delirante de un lenguaje nuevo. Eso nos faltó cuando fuimos con Alicia a dar unos Pasos ciegos: ser un par de huevones.

Álvaro

martes, 11 de septiembre de 2007

Tenemos un cataclismo adentro

“- En fin, vamos a ver: tu vida, ¿es una unidad para vos?

- No, no creo. Son pedazos, cosas que me fueron pasando.”

Rayuela. Julio Cortázar

“Ya desde hace algunas décadas, la psiquiatría ha comenzado a tener vergüenza de la clínica pura, de la simple observación, de la mirada: una avalancha de justificaciones antropológicas debe enmarcar el examen y el diagnóstico psiquiátrico”.

Los fundamentos de la clínica. Paul Bercherie


11 de Septiembre. Fecha de golpes. A mí me tocó uno de esos instantáneos, como de cataclismo. Por la mañana, Clínica Psiquiátrica de la Universidad. Sorpresa: mi primera entrevista diagnóstica a un paciente (me pilla así no más, de sopetón…no hay tiempo ni para equilibrar el aliento). El paciente entra, lo saludo, se sienta, me mira…y yo me lanzo a las palabras. Así no más.

Actualizo en mi propia carne el régimen de la mirada, esa metáfora que obsesiona a la práctica clínica, esa que transparenta la relación que la estructura y que Foucault nos enseña.

Entre palabra y silencio: preguntas, respuestas, asociaciones, resistencias, conflictos, señalamientos, defensas…¡mirada!. Al final algo hay que sacar en limpio (como si todo ese ajetreo no fuera más que ensuciar la asepsia de la mirada). Puntúo: Mecanismo predominante: escisión.

Como si estuviera partido. Escisión. Como si fuera dos personalidades en un cuerpo. Escisión. Como si dijera sí y no. Escisión. Información caótica, contradictoria, falta de integración de identidad. Escisión.

Me pregunto: ¿tragedia intrínseca a la subjetividad?, ¿acefalía de la pulsión?, ¿desgarradura del deseo?...¿es que acaso somos una unidad? ¿qué es eso de la unidad, la personalidad?

“Pero esa unidad, la suma de los actos que define una vida, parecía negarse a toda manifestación antes de que la vida misma se acabara como un mate lavado, es decir que sólo los demás, los biógrafos, verían la unidad, y eso realmente no tenía la menor importancia para Oliveira. El problema estaba en aprehender su unidad sin ser un héroe, sin ser un santo, sin ser un criminal, sin ser un campeón de box, sin ser un prohombre, sin ser un pastor. Aprehender la unidad en plena pluralidad, que la unidad fuera como el vórtice de un torbellino…”

Como si la unidad fuera el vórtice de un cataclismo.

Llego a mi casa. Lo primero: tomo un libro de Freud. Releo La escisión del yo en el proceso defensivo, un escrito de 1937 que tiene una actualidad asombrosa, infartante. Es como si Freud hubiera estado hoy en esa entrevista, como si la hubiera descrito, como si hubiera querido hacerme un favor explicándome lo que allí sucedía. Se lo agradezco.

“En sus tiempos de estudiante (…) había comprobado con (primero) sorpresa y (después) ironía, que montones de tipos se instalaban confortablemente en una supuesta unidad de la persona que no pasaba de una unidad lingüística y un prematuro esclerosamiento del carácter. Esas gentes se montaban un sistema de principios jamás refrendados entrañablemente, y que no eran más que una cesión a la palabra, a la noción verbal de fuerzas, repulsas y atracciones avasalladoramente desalojadas y sustituidas por su correlato verbal”. (Se lo agradezco también a Cortázar, por contar mis tiempos de estudiante).

Que Freud me salve de esos montones de tipos. En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo…amén.

Indicaciones del psiquiatra-profesor: mucha infancia no es necesario. (Aquí nada de Edipo). En estos casos, es preferible explorar el pasado sólo muy generalmente.

Me resuena (como cataclismo) un poema de Huidobro, uno que anoté en la contratapa del primer libro de Lacan que calló en mis manos –y que cierta vez, en un gesto de no se qué de la transferencia, le recité a mi antigua psicoanalista. Me resuena Tenemos un cataclismo adentro:

“Nada recuerdo pero el sentimiento vive

Llevo en la carne los tiempos infantiles

Y los antes de los antes con sus ruidos confusos

Las épocas de los grandes principios

Y de las formaciones en fantasmagorías imprevisibles”

El paciente, como todos, lleva en la carne los tiempos infantiles. No recuerda, pero el sentimiento vive, lleva consigo la época de las formaciones en fantasmagorías. Es imprevisible.

El primer mandamiento de una entrevista diagnóstica es: no descompensarás, no desestructurarás –mira que el fantasma pudiera deshacerse. Anote: mucha infancia no es necesario.

Y otra vez el profesor: no todo paciente es psicoanalizable. Y como dice la sabiduría popular: no por mucho teorizar amanece más temprano. En práctica clínica la cosa es más rupestre. Limítese a entrevista estructural: comience por pedir al paciente un resumen de sus razones para venir a tratamiento, sus expectativas y la naturaleza de sus síntomas predominantes. Luego clarifique, confronte (hasta donde la prudencia lo indique), interprete y analice la transferencia y la característica de las relaciones objetales. Anote: conflicto, defensas, síntomas, estructura de personalidad. Y punto.

Anote: el diagnosticador debe explorar el mundo del paciente, observar la conducta e interacciones, usar sus propias reacciones afectivas hacia el paciente para clarificar la relación objetal subyacente. Y punto.

¿Y qué tengo yo por decir? Mmmm…así no más. Sólo un psiquiatra tan honesto como Paul Bercherie podía reconocer que las aporías del enfoque clínico serán realmente superadas cuando los analistas se hayan liberado del psiquiatra que dormita todavía en ellos.

Freud (y Lacan) me enseñó a ver los fenómenos psicopatológicos desde el ángulo de su significación subjetiva; me enseñó a considerar la observación clínica centrada sobre la morfología externa de los fenómenos como formal, estéril, alienante. Me enseñó por sobre todo no a mirar, sino a estar atento a la escucha.

Termina el tiempo de entrevista. Miro al paciente y escucho (lo escucho):

“Y yo aun tengo palabras retenidas

Tengo cosas dolientes y cosas que susurran”

Extendiendo la mano en un gesto de despedida afable -terminable e interminable-, miro fijo sus ojos: su singularidad desgarrada parecía susurrarme palabras retenidas, cosas dolientes; parecía decirme: “¿sabe usted? tenemos un cataclismo adentro”.

Aprendí. Claro que ni de Freud, ni de Lacan, ni mucho menos de un profesor, sino de esa mirada de cataclismo que me golpeó en este 11 de Septiembre.

Violación del hombre por la palabra, soberbia venganza del verbo. Así no más.

Álvaro

sábado, 25 de agosto de 2007

Del juego ideal, o para Alicia mi golpe de dados

“A Alicia le pareció que nunca había visto una cancha de croquet tan extraña: la cancha misma estaba surcada de lomitos y zanjas; erizos vivos hacían de bolas; los mazos eran flamencos vivos, y para formar aros los soldados tenían que doblarse y ponerse en cuatro patas. (…) Alicia pronto llegó a la conclusión de que se trataba realmente de un juego muy difícil”.

Alicia en el país de las maravillas

“Un golpe de dados nunca abolirá el azar”.

Stephàne Mallarmé

Querida Alicia:

Afirmar el juego ideal es afirmar el azar, hacer una gran tirada de dados: es una incitación al arrojo.

Los juegos tradicionales (los juegos seguros) son propios de los que aman las estructuras centradas, los que aman las distribuciones fijas, las reglas, las categorías. Eso a veces es propio de ti, Alicia. El juego ideal (el del país de las maravillas), en cambio, es propio de los que no aman las estructuras, sino los rizomas. Eso a veces es propio de mí.

Un juego ideal, decía Deleuze, es un juego donde no hay reglas preexistentes (cada jugada inventa su propia regla), el azar es afirmado, ramificado, insuflado en cada jugada; las jugadas son el momento de un jugar único –que es un caos- y nadie gana ni pierde.

El juego ideal es el juego reservado al artista, es lo que desterritorializa el mundo. El artista es un loco, ¿sabes?: ¡el mundo como obra de arte!. Sólo como fenómeno estético está justificada la existencia del universo, decía Nietzsche. Agreguemos: sólo como fenómeno lúdico está justificada la existencia de nuestras vidas. Eso va para ti, para mí, para nosotros y para ellos.

El hombre no sólo vive de pan, sino de comedias con las que se engaña voluntariamente. Eso me lo enseñó Bataille. Cuando era pendejo (y todavía), me las daba de hombre vivido y les decía a mis amigos: sólo dos cosas quiere el hombre de verdad: el peligro y el juego…la mujer es el más peligroso de los juegos. Eso me lo enseñó Nietzsche. Era como si quisiera enrostrarles nuestra condición inevitable de animal herido.

Querer es un juego seguro. Desear es un juego ideal. Gozar es un arrojo (todo de una sola vez)…como en un golpe de dados. Eso lo aprendí contigo Alicia, pero no me lo enseñaste tú.

En uno de sus poemas, Dieguito Maquieira le hace decir a Marlon Brando:

Prescindiré del alcohol, de las pastas

de los propensos excesos al desengaño

y de mis mujeres que me han crucificado.

…Apoyo a Brando. Pero no prescindiré ni de ti, querida Alicia, ni de tu continua incitación a jugar, ni de la afirmación del azar en una sola jugada.

Mi gran tirada de dados: jugar ni consuela ni hace feliz; jugar se arrastra lánguidamente como una perversión; jugar se repite sobre el teatro de nuestras comedias (y tragedias); jugar se echa de golpe fuera del cubilete de los dados. Y cuando el azar, el teatro y la perversión entran en resonancia, cuando el azar quiere que entre los tres haya esta resonancia, entonces jugar es un trance; y entonces vale la pena jugar.

¿Tú quieres?...


Álvaro